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miércoles, 26 de agosto de 2009

¿La crisis viene de fuera?













Si algo bueno ha de sacarse de una crisis no será culpando a EU, al clima (internacional) de haber ocasionado una “tormenta perfecta” o, peor aun, al espacio exterior y las vibras negativas de los astros; finalmente, EU se recuperará algún día y nosotros seguiremos aumentando la brecha que nos separa de ellos y la astrología no recuperará su carácter de ciencia. La crisis es el estallido de un proceso que ya estaba en curso, es el “cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente” (RAE) o “mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales” (RAE) (no astrológicos). Y, si bien el contexto internacional influye poderosamente, no es excusa para eludir ni un análisis serio de los problemas ni la responsabilidad nacional; sólo así podremos poner en la mesa de debate los problemas reales del país y las transformaciones necesarias para no ser un barco a la deriva de tormentas, dioses o astros. ¿O qué? ¿Brasil, India, Rusia, China, Chile están respondiendo mejor a la crisis sólo por suerte?

¿A poco nada tiene que ver con la crisis nuestro sistema político que no representa, nuestro sistema judicial y sus privilegios, nuestras instituciones incapaces de regular las altas tarifas de los monopolios, nuestro sistema de educación básica controlado por “la maestra”, la evasión de impuestos de las grandes empresas y un largo etcétera que siempre castiga a los “ciudadanos de a pie” y parece funcionar muy bien para las grandes empresas, la clase política y los altos mandos de la burocracia y el sistema judicial?. Desde un punto de vista ortodoxo de la economía toda esta lista no tiene ninguna influencia en el crecimiento económico, según ellos, la economía dicta las instituciones óptimas que maximizan el crecimiento, después, aparece la oportunista política a repartir y distribuir dicha riqueza. Sin embargo, esta idea no se sostiene, porque las instituciones económicas pueden ser ineficientes y ser eternas, al mismo tiempo.

Para el institucionalismo, no puede eludirse el papel de las instituciones. Desde este enfoque las instituciones económicas (formales e informales) son la causa fundamental del crecimiento económicos (en lugar de los recursos naturales, el capital…o los astros) al determinar los incentivos y limitaciones a los actores económicos y decidir la distribución de los recursos. Todos los individuos y grupos demandan o prefieren distintas instituciones económicas y son materia de conflicto: subsidios al campo, respeto a los derechos laborales, menores impuestos, libre circulación del capital, desregulación a las inversiones del extranjero, protección a la industria nacional, apoyo a la ciencia y tecnología, eliminación del IETU, impuesto a alimentos y medicinas, etc.

Y la función de la política es decidir que demandas serán tomadas en cuenta y cuales no. Aunque es importante el criterio de eficiencia y se pruebe que algunas instituciones funcionan mejor que otras, el criterio que finalmente decidirá que instituciones prevalecerán y, por tanto, que grupos se verán beneficiados será el criterio político. Aquellos grupos con mayor poder político decidirán las instituciones económicas. Este poder político depende de dos cosas: de las instituciones políticas (el poder de jure: de las reglas de nuestro sistema de gobierno, de nuestro sistema electoral, etc.) este es el plano formal a partir del cual se crean las leyes para, por ejemplo, regular los sueldos y prestaciones de los jueces y magistrados, regular a las televisoras, combatir las prácticas monopólicas, y todas las leyes que deben mantener el conflicto social más o menos ordenado. La otra fuente del poder político es el poder político de facto, esto es, aunque no estén reconocidos por ninguna ley formal algunos grupos e individuos tienen poder derivado de sus recursos económicos o de su poder político. Tienen capacidad para influir en las instituciones políticas, tienen capacidad para que estas leyes no se les apliquen, se les apliquen suavemente o incluso, dictar sus propias leyes a modo. En este sentido un Estado débil se asocia con “malas instituciones”, se trata de un Estado que no tiene la capacidad y el apoyo para construir y hacer valer instituciones que beneficien a las mayorías y tiene que respaldar los intereses de las minorías poderosas para encontrar el apoyo que lo sostenga. Por su parte, un Estado fuerte, tiene el suficiente apoyo para combatir los privilegios y rentas que las minorías tienen y extraen y construir un proyecto de desarrollo favorable a los intereses de la mayoría; donde las ganancias de las empresas crezcan a partir de su eficiencia y competitividad y que esta se construya partir de una mano de obra más calificada y mejor pagada. El crecimiento se consigue cuando las instituciones económicas responden a los intereses de la mayoría y las empresas y clase política se suman a este proyecto. El Estado se transforma de un Estado depredador a un Estado desarrollista.

Desde este enfoque queda claro que corrupción, privilegios, desigualdades, escaso desarrollo de la democracia, hartazgo de los partidos políticos, falta de confianza en las instituciones, desprecio por la ley, entre otros problemas no son meros accidentes de la semana que vemos en los diarios (en la televisión no se dirá nada contra Peña nieto ni contra le ley televisa, obviamente) sino evidencia de un Estado al cual lo ha devorado el poder de facto y no tiene capacidad de dirigir el rumbo económico del país y que sólo basa su crecimiento en la actividad de las grandes empresas orientadas al exterior sin capacidad de arrastre para incluir, ni para aprovechar las capacidades colectivas. En este contexto, cuando no estemos en crisis, tampoco creceremos tanto… la crisis no viene de fuera.

Liber León

sábado, 21 de febrero de 2009

¿Nueva versión del capitalismo?


Algunos suspiran por el keynesianismo y ven en esta crisis la posibilidad de creación de un nuevo pacto social y mundial que permita construir las instituciones o modo de regulación que por fin de viabilidad al capitalismo y lo permita crecer a tasas estables, sostenidas y de forma incluyente. Para los marxistas-gramscianos queda claro que el negrito imperialista está ahí para dirigir y contener los alcances de una "revolución pasiva" o "reformas gatopardistas" que permitan transformar al capitalismo sin alterar en una medida importante a la propiedad del capital . Y al parecer, Obama está ahí, salido de las filas de Wall Street, para cambiar todo sin que nada cambie. ¿pero hasta donde llega el acuerdo con walll street? ¿se atreve a nacionalizar la banca?, ¿la nacionalizará para regesarselas arreglada y funcionando?, ¿o seguirá inyectando dinero cada tres meses?. Dejó un interesante artículo de Dani Rodrick tomado de Syndicate Project. Apurate Obama, a los norteamericanos no les gusta quedarse sin ir al "mall" todos los "weekends".

PD: el terminio "negrito imperialista", está dicho con todo cariño, sin racismo y es de la autoria de Jorge, amigo cubano, que no termina de convencerse hasta que no cierren Guantanamo y levanten el bloqueo.


Próximamente: Capitalismo 3.0

by Dani Rodrik

CAMBRIDGE ­– El capitalismo está padeciendo su crisis más severa en muchas décadas. Una combinación de recesión profunda, desajustes económicos globales y la nacionalización efectiva de grandes segmentos del sector financiero en las economías avanzadas del mundo desestabilizó profundamente el equilibro entre mercados y estados. Dónde se verá afectado el nuevo equilibrio, nadie lo sabe.

Quienes predicen la caída del capitalismo tienen que lidiar con un hecho histórico importante: el capitalismo tiene una capacidad casi ilimitada de reinventarse. De hecho, su maleabilidad es la razón por la que superó crisis periódicas a lo largo de los siglos y sobrevivió a las críticas desde Karl Marx en adelante. El verdadero interrogante no es si el capitalismo puede sobrevivir -sí puede-, sino si los líderes mundiales demostrarán el liderazgo necesario para llevarlo a su próxima fase cuando emerjamos de nuestro predicamento actual.

El capitalismo no tiene parangón cuando se trata de dar rienda suelta a las energías económicas colectivas de las sociedades humanas. Es por esto que todas las sociedades prósperas son capitalistas en el sentido amplio del término: están organizadas alrededor de la propiedad privada y les permiten a los mercados desempeñar un papel importante a la hora de asignar recursos y determinar recompensas económicas. La trampa es que ni los derechos de propiedad ni los mercados pueden funcionar por sí solos. Requieren de otras instituciones sociales que los respalden.

De manera que los derechos de propiedad se basan en las cortes y la ejecución legal, mientras que los mercados dependen de los reguladores que pongan rienda a los abusos y reparen las fallas del mercado. A nivel político, el capitalismo exige mecanismos de compensación y transferencia para que sus resultados sean aceptables. Como demostró nuevamente la crisis actual, el capitalismo necesita estabilizar acuerdos como el de un prestador de último recurso y una política fiscal contracíclica. En otras palabras, el capitalismo ni se autogenera, ni se autosostiene, ni se autorregula y ni se autoestabiliza.

La historia del capitalismo ha sido un proceso que implicó aprender y reaprender estas lecciones. La sociedad de mercado idealizada de Adam Smith requería poco más que un "estado vigilante". Lo único que necesitaban hacer los gobiernos para asegurar la división del trabajo era implementar derechos de propiedad, mantener la paz y recaudar algunos impuestos para pagar una gama limitada de bienes públicos.

En la primera parte del siglo XX, el capitalismo estaba gobernado por una visión estrecha de las instituciones públicas necesarias para sustentarlo. En la práctica, el alcance del estado muchas veces llegaba más allá de esta concepción (por ejemplo, como en el caso de la introducción de Bismarck de pensiones para la vejez en Alemania en 1889). Pero los gobiernos seguían viendo sus roles económicos en términos restringidos.

Esto empezó a cambiar a medida que las sociedades se volvieron más democráticas y los sindicatos y otros grupos se movilizaron contra los abusos percibidos del capitalismo. Se pusieron en marcha políticas antimonopólicas en Estados Unidos. Y se empezó a aceptar ampliamente la utilidad de las políticas monetarias y fiscales activistas tras la Gran Depresión.

El porcentaje de gasto público en el ingreso nacional aumentó rápidamente en los países industrializados de hoy, de menos del 10% promedio a fines del siglo XIX a más del 20% apenas antes de la Segunda Guerra Mundial. Y, después de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los países erigieron estados elaborados de asistencia social en los que el sector público se expandió a más del 40% del ingreso nacional promedio.

Este modelo de "economía mixta" fue el logro culminante del siglo XX. El nuevo equilibrio que estableció entre estado y mercado creó el marco para un período sin precedentes de cohesión social, estabilidad y prosperidad en las economías avanzadas que duró hasta mediados de los años 1970.

Este modelo empezó a deshilacharse a partir de los años 1980, y ahora parece haberse desmoronado. La razón se puede expresar en una palabra: globalización.

La economía mixta de posguerra se creó y operó a nivel de los estados naciones, y exigía mantener a raya a la economía internacional. El régimen de Bretton Woods-GATT demandaba una forma "superficial" de integración económica internacional que implicaba controles a los flujos internacionales de capital, que Keynes y sus contemporáneos habían considerado cruciales para la gestión económica interna. A los países se les exigía acometer una liberalización comercial sólo de manera limitada, con muchas excepciones para los sectores socialmente sensibles (agricultura, textiles, servicios). Esto los dejó en libertad de construir sus propias versiones de capitalismo nacional, siempre que obedecieran unas pocas reglas internacionales simples.

La crisis actual demuestra cuánto nos hemos alejado de aquel modelo. La globalización financiera, en particular, hizo estragos con las viejas reglas. Cuando el capitalismo al estilo chino se topó con el capitalismo al estilo norteamericano, con pocas válvulas de seguridad en funcionamiento, se generó una mezcla explosiva. No había mecanismos de protección para impedir que se desarrollara un exceso de liquidez global y luego, en combinación con las fallas regulatorias de Estados Unidos, que se produjera un espectacular apogeo y derrumbe inmobiliario. Tampoco había ninguna barricada internacional que impidiera que la crisis se propagara desde su epicentro.

La lección no es que el capitalismo está muerto. Es que necesitamos reinventarlo para un nuevo siglo en el que las fuerzas de la globalización económica son mucho más poderosas que antes. De la misma manera que el capitalismo mínimo de Smith se transformó en la economía mixta de Keynes, necesitamos contemplar una transición de la versión nacional de la economía mixta a su contraparte global.

Esto implica imaginar un mejor equilibro entre los mercados y las instituciones que los respaldan a nivel global . A veces, esto demandará extender las instituciones fuera de los estados naciones y fortalecer la gobernancia global. Otras, implicará impedir que los mercados se expandan más allá del alcance de las instituciones que siguen siendo nacionales. La estrategia correcta diferirá entre los grupos de países y entre las áreas en cuestión.

Diseñar el próximo capitalismo no será fácil. Pero tenemos a la historia de nuestro lado: la gracia salvadora del capitalismo es que es casi infinitamente maleable.